Tal como deja entender cierta lectura de ciertos textos del monaguillo bávaro Martin Heidegger, la cosa del signo es una cuestión de la religión cristiana, muy en concreto; pero de todos los monoteismos, en abstracto. Un mito, en tanto ilusión y engaño. Fundado en Dios como ilusión y engaño. Y totalmente enredado con las palabras: ilusión y engaño.
Pero no tanto...
El concepto de signo vibra entre el concepto de Dios y el del alma individual. Un signo es el uno que une al Uno con el uno --bello juego poético. Pero...
No es así lo real. Es caos y azar, no única y solamente la nada, sino esto... caos y azar con ritmo para la mirada humana, caos y azar con la posibilidad de nuestro reloj dentro del sistema. Para que la razón del absurdo no sea por completo hueca, no para quien la razona, sea el caso que sea. Se llena de signos, significa. Más que memoria y presente, más que recuerdo ideal y percepción sensorial. El hecho de que los signos funcionen, de que estos enunciados signifiquen.
Debido a ello, resulta todavía conveniente deshacer la ilusión celeste de los signos. La vana creencia de que son un don de dios o los dioses, un medio ya resuelto para la buena comunicación con lo divino y lo humano y lo univesal. Así de fácil. Porque un rabino así lo quiso, viendo la síntesis sagrada que son las palabras, la raíz de los signos, los actos de habla. Los cargo de Dios y Palabra, dejándolos fuera de la conciencia, lejos de la conciencia. Cosa que hay que deshacer, regresándolo todo a la tierra y lo mortal y nihilista. Para que no haya engaños de más, que los hay y puede haber más.
Con el desmantelamiento del tapiz celeste del signo como idea donde no se ve el auténtico aporte de la fuerza de trabajo humana. La fuerza que hace sentido en el sinsentido del caos y el azar.
Sunday, April 05, 2009
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