Tuesday, April 07, 2009


Un hombre cosecha lo que otro hombre siembra / GRATEFUL DEAD



Una intensidad de memoria, la unidad del signo para la mente pensante --que no soy yo. Cuando la memoria es una máquina somática que recibe y transmite información: cósmica, política y psíquica. La memoria. El sistema de los recuerdos. Poder saber que se repite lo que se repite, cuando también se sabe que en realidad nada se repite o que todo se repite en nada.


No un sistema lógico. La máquina psicosemiótica de la memoria. Una maquinación anómala. Suma holista de marcas parciales. Ya funciona antes de que tomemos noticia de ello, más tardará la toma de conciencia y casi nunca llega la plena autoconciencia. Del juego de la repetición dentro de lo que nunca se repite como otra cosa que no sea nada, cero absoluto. La muerte.


Difícil de poner por escrito. Pero es la sustancia de la escritura -- lo invisible final que sostiene con sentido todo lo que se ve como escritura. Un juego, el juego de los signos. La fuerza de convencimiento de las convenciones sociales. El teatro de la sociedad, el drama de la vida. Para no decir que es una tragedia. Lo que nos pasa por estar en la memoria de la mente pensante. Que aquí deseamos estudiar.


Algo que comienza para la mente pensante después de que nazca el sujeto mortal, mediante el influjo de la sociedad en su conciencia particular. Lo que canaliza, según Freud, el complejo de Edipo. Primero, por medio de la "chora", un modo de manipular y tratar con el soma de quien habrá de ser convocado a la conciencia. Después, mediante el "logos", la forma como la conciencia opera con signos, básicamente, con palabras... con lingü(h)isteria y palabrotería. Y tercero, con el orden simbólico como modo de anamnesis -- mente pensante, conciencia, autoconciencia... crítica. Crítica del automatismo de repetición.



Si nada se repite, ¿qué se intensifica como conciencia con los signos? Un deseo, es cierto; obvio, desde Freud y sus in-finitos antes. Pero ¿deseo de qué o de quién? Si ese objeto no es la madre real ni la mujer concreta, ni nada de eso, cuando caen en el impulso por él hasta las más rarecitas de las gentes queer... Ya que no hay estar en el deseo sin un desde donde estar como soma y psique, interpretándolo todo para la psique, desde la psique. Con un como puente intermedio, que es lo que nos interesa pensar en este sitio.


¡Por eso result de veras desquiciante el embrujo laico de la música y su sistema de repetición de notas, tiempos y armonías! De que nos hace sentir, nos hace sentir mucho, ideas, tan intensas que no se acaban de entender. Ocurren. ¡Hasta en la disonancia y la serialidad estocástica! La Música.


Un impulso que repite, el ritmo del corazón como el de la noche y el día. Memoria, anamneis, saber lo que pasó y esperar lo que vendrá. Pensando, pensante. Realidad y deseo. Como la repetición entre comer y comer, comer, existir y comer, comer existiendo, en el ritmo de la comida, de las comidas. La Música, por todas partes. Hasta en el más claro silencio, según plantea John Cage.


Que se repite. Un recuerdo. Que recuerda. Que nunca es el mismo ni lo mismo, recordando. Pero nos parece. Todo, un recuerdo. Que nos lleva con él, de este modo, el orden simbólico, la mente pensante, la conciencia --algo más férreo que las tecnologías del yo, como ya nadie ignora; pues nos impone las cárceles y el panóptico del ego, la firma de la fábrica del egoísmo compulsivo que se agarra del recuerdo para legitimar la ley de la herencia paterna, todavía, ¡y con dinero! Porque eso fue lo que se le patinó de su teoría económica al cantor Ezra Pound, la necesidad absoluta de que, para que haya usura, para que venga la usura, ojo, viejito barbon, primero tiene que estar el dinero. Aquí no es lo de la gallina y el huevo como decían los bizantinos, sino lo de Marx con el aquí es Rodas...


Ver como es la cosa del juego de los signos -- la vida de la sociocultura -- deshace la ilusión, la trágica ilusión de la propiedad privada de los medios de producción. La im-propiedad del egoísmo, en tanto todo es un enredo de palabras. Trágico. Cruel. Nefasto con los cuerpos de quienes viven y mueren, nefasto con los cuerpos débiles e indenfensos -- por servidumbre voluntaria. Pues toda comunicación intersubjetiva implica una donación gratuita del ser, aún en los casos límite de la guerra, la tortura y los verdugos. Comunicarse implica deshacer la esfera de encierro que implica la propiedad absoluta de un yo o ego, algo creado, al menos últimamente por la trampa del alma única que se salva o se condena para la eternidad y bla bla bla.


Un círculo vicioso. El automatismo de repetición. La memoria. Con puntos de cierre... la locura. Hasta la muerte. Recordar. No lo elegimos, no lo dejamos de hacer. Nos deja, nos ocurre. Cuando no resulta que nos elige y dirige, hasta cuando operamos de forma autónoma y libre.


Un conflicto antiguo. Nunca resuelto. No da tiempo. Pero... También todo puede ocurrir y valorarse de otra manera, de muchas maneras.


Por ejemplo: según las leyes de la hospitalidad de Klossowski.


Si como berrean los Def Con Dos: la culpa de todo, la tiene Yoko Ono... --y el espíritu de Lennon que le sale por los poros.

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